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Tuli
Auraeus Solito, 2005. Filipinas.
Aún sin haber visto la anterior obra de
Auraeus Solito, The Blossoming of Maximo Oliveiros (galardonada con el máximo premio del festival en su pasada edición), podemos afirmar que el director filipino cuenta con un universo personal poderoso, tan desbordante y excesivo como primitivo e ingenuo, pero inevitablemente sugerente e hipnótico.
Tuli nos traslada al interior de la selva filipina, a un pequeño pueblo donde rige una sociedad patriarcal que mantiene los vínculos de unión entre sus habitantes a través de ritos y creencias ancestrales, de costumbres inmovilistas que impiden cualquier tipo de subversión en torno a las rígidas normas preestablecidas, construidas todas ellas alrededor de un órgano de poder máximo, el de la fuerza viril del miembro sexual masculino. Dentro de este panorama en el cual el destino de la mujer no puede ser otro que el del sometimiento a la figura del hombre, dos muchachas se enamoran y deciden vivir, a partir de ese momento, al margen de las ataduras impositivas que les marca su entorno opresivo. En todo momento la naturaleza palpitante se convertirá en uno de los motores condicionantes de la acción, de manera que se trasforma en un espacio de libertad para los personajes, pero en ocasiones, también funciona como una cárcel que los engulle y atrapa, infundiendo miedo y desatando las pasiones más primarias.

Unas veces arrebatada, otras ensimismada, sutilmente intimista, poética, misteriosa, Tuli se compone a través de una explosiva mezcla de colores y sabores que subvierten a cada paso cualquier concepción genérica que podamos tener predeterminada. Así, navegamos meciéndonos suavemente por el melodrama más desaforado, el film de denuncia social, el relato sensorial en el que la sensualidad se sublima para alcanzar un sustrato instintivo próximo al realismo mágico y el discurso metarreferencial de raigambre simbólica. Todo esto para narrar una historia de amor incomprendida en el seno de una sociedad todavía marcada por la superstición, el miedo y la ignorancia. No es poco.
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